Sentada en el piso del
baño con las manos inundadas de lágrimas y mocos, el zumbido interno, acallando los
gritos, desgarrando toda la autoestima intelectual que me quedaba. Dejé
que pasara sin sentido el tiempo. No había ensayado esa escena, ni tampoco como exponer “mi tema”. Incluso,
casi sabiendo que no iba a enfrentarme a la exposición, a la desnudez completa,
a la
humillación al asegurado fracaso. Viajé carente de emociones al edificio mudo que
sería mi tumba en aquellos minutos de puro ello que me atravesaron.
Los minutos siguientes que pasaron al “estallido” millares de escenas posibles rondaron mi cerebro. Si hubiera asumido antes que no lo iba hacer, ahora podría: estar tirada en la cama leyendo cualquier cosa lejana a conformación de un estado nación. Estar en una casa o plaza con mi yegua hablando de cualquier enfermedad cotidiana con la excusa de su cumpleaños y así, finalmente, hubiera accedido a verme, pues era su cumpleaños. Llorando de manera idiota en mi casa por no haber logrado mover mi mundo interno y material a ese lugar inmundo a hacer lo que debía hacer. Y otras tantas que ya no recuerdo. Me llevé al límite, al final había logrado llegar totalmente vacía, de lo que debía estar llena para declarar mi obligación de ese día un éxito.Quizás era lo que menos remordimiento me traía. Haber intentado asomarme a esa aula y salir disparada al baño a contener lo que por esos segundos pensaba una crisis breve, así como muy breve, un espasmo. Pero ¡no! No fue una crisis breve. Quizás esto que fue, y que es, fue lo mejor que pude hacer siendo lo que soy.
No pude recuperar de ninguna manera la conciencia necesaria para dar la actuación que se esperaba de mi (¿quién esperaba de mí? Yo misma, ¿quién más?) ¡¡¡Culpa!!! Eso me gritaba constantemente la mujer interna. ¡Culpa!. Culpa por no haber ido a ver a mi amiga en lugar de esa escena patética. Culpa por saber que no podía hacer lo que debía hacer en ese edifico. Y culpa Porque nada podía compensarme, consolarme ni sacarme de mi autoboicot. Me odiaba tanto, más o menos, como toda esta semana, y como ahroa. Pero no había culpables, sólo culpa!
Los minutos siguientes que pasaron al “estallido” millares de escenas posibles rondaron mi cerebro. Si hubiera asumido antes que no lo iba hacer, ahora podría: estar tirada en la cama leyendo cualquier cosa lejana a conformación de un estado nación. Estar en una casa o plaza con mi yegua hablando de cualquier enfermedad cotidiana con la excusa de su cumpleaños y así, finalmente, hubiera accedido a verme, pues era su cumpleaños. Llorando de manera idiota en mi casa por no haber logrado mover mi mundo interno y material a ese lugar inmundo a hacer lo que debía hacer. Y otras tantas que ya no recuerdo. Me llevé al límite, al final había logrado llegar totalmente vacía, de lo que debía estar llena para declarar mi obligación de ese día un éxito.Quizás era lo que menos remordimiento me traía. Haber intentado asomarme a esa aula y salir disparada al baño a contener lo que por esos segundos pensaba una crisis breve, así como muy breve, un espasmo. Pero ¡no! No fue una crisis breve. Quizás esto que fue, y que es, fue lo mejor que pude hacer siendo lo que soy.
No pude recuperar de ninguna manera la conciencia necesaria para dar la actuación que se esperaba de mi (¿quién esperaba de mí? Yo misma, ¿quién más?) ¡¡¡Culpa!!! Eso me gritaba constantemente la mujer interna. ¡Culpa!. Culpa por no haber ido a ver a mi amiga en lugar de esa escena patética. Culpa por saber que no podía hacer lo que debía hacer en ese edifico. Y culpa Porque nada podía compensarme, consolarme ni sacarme de mi autoboicot. Me odiaba tanto, más o menos, como toda esta semana, y como ahroa. Pero no había culpables, sólo culpa!
No hay comentarios:
Publicar un comentario