jueves, 19 de diciembre de 2013

Crónica de un examen fallido


Sentada  en el piso del baño con las manos inundadas de lágrimas y mocos, el zumbido interno, acallando  los  gritos, desgarrando toda la autoestima intelectual que me quedaba. Dejé que pasara sin sentido el tiempo. No había ensayado esa  escena, ni tampoco como exponer “mi tema”. Incluso, casi sabiendo que no iba a enfrentarme a la exposición, a la desnudez completa, a  la  humillación  al  asegurado fracaso. Viajé carente  de emociones al edificio  mudo que  sería mi   tumba en aquellos  minutos de puro ello que me atravesaron.
Los minutos  siguientes  que pasaron al “estallido” millares de escenas posibles  rondaron mi  cerebro. Si hubiera asumido antes  que no lo iba hacer, ahora podría: estar  tirada en la cama  leyendo cualquier cosa lejana  a conformación de un estado  nación. Estar en una  casa o plaza con mi   yegua  hablando de cualquier  enfermedad cotidiana con la excusa de su cumpleaños y así, finalmente, hubiera  accedido a verme, pues era su cumpleaños. Llorando de manera idiota en mi casa  por no haber logrado mover mi mundo interno y material a ese lugar inmundo  a hacer lo que debía hacer.
 Y otras  tantas que  ya no  recuerdo. Me llevé al límite, al final  había logrado  llegar  totalmente  vacía, de lo que  debía estar llena para  declarar mi obligación de ese día un éxito.Quizás era lo que menos remordimiento me  traía. Haber intentado asomarme a esa aula y salir disparada al  baño  a contener  lo que por esos  segundos pensaba una crisis breve, así como muy  breve, un espasmo. Pero ¡no! No  fue una crisis  breve. Quizás esto que fue, y que es, fue lo mejor que pude hacer siendo lo que soy.

No pude recuperar de ninguna manera la conciencia necesaria para  dar la actuación que  se  esperaba de mi (¿quién esperaba de mí? Yo misma, ¿quién más?) ¡¡¡Culpa!!!  Eso me  gritaba constantemente  la mujer interna. ¡Culpa!. Culpa por  no haber ido a  ver a mi  amiga en lugar de esa escena patética. Culpa  por  saber que no podía hacer lo que debía hacer  en ese edifico. Y culpa Porque  nada podía  compensarme, consolarme ni sacarme  de mi autoboicot. Me odiaba  tanto, más o menos, como toda esta  semana, y como ahroa. Pero no había  culpables, sólo culpa!

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